Filosofía · Antes de responder
¿Mentirías para salvar una vida?
¿Mentir siempre está mal?
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Contesta antes de seguir leyendo, con una sola palabra.
¿Engañar a alguien está mal?
Casi todo el mundo dice que sí, y lo dice rápido. No hace falta pensarlo, porque la respuesta ya estaba ahí antes de la pregunta. Es una de esas cosas que uno aprendió tan temprano que no recuerda haberlas aprendido.
Ahora sostén esa respuesta un minuto más, porque viene un caso.
El cuchillo
Un amigo tuyo está pasando por lo peor de su vida. Lo ves apagado, dice cosas que no decía antes, y una tarde, en su cocina, notas que hay un cuchillo sobre la mesa. Te lo llevas. Cuando te pregunta si lo viste, le dices que no.
Lo engañaste. La pregunta es si hiciste algo malo.
Aquí es donde la respuesta rápida empieza a moverse. Nadie contesta que sí sin dudar, y quien contesta que no acaba de admitir algo importante: que la regla que traía puesta hace un momento tenía por lo menos una excepción. Y una regla con excepciones ya no es la misma regla.
Este no es un caso inventado para incomodar. Es de Sócrates, y tiene veinticuatro siglos.
El hombre que solo preguntaba
Sócrates vivió en Atenas en el siglo quinto antes de nuestra era y no escribió nada. Lo que sabemos de él llegó por lo que otros escribieron después.
Su oficio, si se le puede llamar así, era conversar en el mercado. Se acercaba a alguien que sabía de algo, le pedía que le explicara qué era exactamente eso que sabía, y hacía preguntas. Nada más. No traía una doctrina que enseñar ni corregía a nadie. Preguntaba, y seguía preguntando, hasta que la respuesta que el otro había traído se caía sola.
La conversación con Eutidemo funciona así. Nigel Warburton la cuenta en el primer capítulo de Una pequeña historia de la filosofía:
Sócrates le preguntó si engañar se podía considerar un acto inmoral. Por supuesto que sí, le contestó Eutidemo. Le parecía que era obvio. Pero, le preguntó Sócrates, ¿qué pasa si le robas el cuchillo a un amigo que se encuentra muy deprimido y podría intentar suicidarse? ¿Acaso no es eso un engaño? Por supuesto que lo es. ¿Y hacer eso no es más moral que inmoral? Sí, contestó Eutidemo, quien a estas alturas ya se había hecho un lío.
Fíjate en el detalle que casi nadie recuerda de esta historia: Sócrates no preguntó por la mentira. Preguntó por el engaño, que es más ancho y deja menos dónde esconderse. Uno puede engañar sin decir una sola palabra falsa.
Y fíjate en lo que le pasa a Eutidemo. No es que le demuestren que estaba equivocado. Es que descubre que nunca había examinado lo que creía. La respuesta estaba en su cabeza desde niño y nadie, él incluido, la había puesto nunca contra un caso difícil.
Eso le hacía Sócrates a los atenienses. Se lo hizo a militares que se ganaban la vida sabiendo de valentía y a jueces que se ganaban la vida sabiendo de justicia. Casi ninguno salía agradecido de la conversación, y se entiende: no hay nada cómodo en salir de una charla sabiendo menos de lo que creías saber al entrar.
Atenas terminó condenándolo a muerte.
El que no se movió
Dos mil años después, un filósofo alemán llamado Immanuel Kant se plantó exactamente en el lugar donde Eutidemo se derrumbó.
Kant sostenía que mentir está mal siempre, sin excepciones y sin importar las consecuencias. Y para que quedara claro que hablaba en serio, aceptó el caso más difícil que se le puede poner a esa idea. Warburton lo cuenta en el capítulo veinte:
Vuelven a llamar a la puerta. Abres. Es tu mejor amiga. Está pálida, preocupada y sin aliento. Te dice que la están persiguiendo, que un tipo con un cuchillo la quiere matar. La dejas entrar y ella corre al piso de arriba para esconderse. Momentos después vuelven a llamar a la puerta. Se trata del supuesto asesino y tiene apariencia de perturbado. Quiere saber dónde está tu amiga. […] Tú sabes que está en el piso de arriba. Pero le mientes. Le dices que ha ido al parque. Sin duda has hecho lo correcto al enviar al supuesto asesino a un lugar equivocado. Probablemente le has salvado la vida a tu amiga. Esto ha de ser un acto moral, ¿no?
No para Kant. Éste pensaba que nunca se debía mentir; bajo ninguna circunstancia. Ni siquiera para proteger a una amiga de un supuesto asesino. Sin excepciones.
Es fácil leer eso y pensar que Kant estaba loco. Aguanta un segundo más, porque su razón es más práctica de lo que parece: tú no controlas las consecuencias. Y ahí viene el giro que suele quedar fuera cuando se cuenta esta historia: si mientes y dices que tu amiga fue al parque, y resulta que tu amiga salió por la ventana de atrás y de verdad se fue al parque, acabas de mandar al asesino justo donde ella está. Mentiste para salvarla y ayudaste a matarla.
Lo que Kant está diciendo es que cuando decides romper la regla, apuestas. Apuestas a que sabes cómo va a terminar la historia, y no lo sabes nunca.
Lo que queda
Tienes dos posiciones enfrente, y las dos incomodan.
Sócrates te muestra que tu regla no aguanta un caso concreto. Kant te muestra que abandonarla te convierte en alguien que decide, caso por caso, cuándo la verdad conviene. Y una persona que decide eso caso por caso es exactamente lo que nadie quiere tener enfrente.
No hay una tercera opción que las concilie y las deje contentas. Lo que hay es una diferencia de estado: la persona que llega al final de esta historia no cree lo mismo que la que llegó al principio, aunque diga las mismas palabras.
Eutidemo respondió en un segundo. Después de la conversación seguía siendo igual de inteligente, y probablemente terminó respondiendo lo mismo. Lo único que cambió es que dejó de estar seguro.
Eso, y no otra cosa, es lo que Sócrates andaba haciendo en el mercado.
Antes de irte
Tú contestaste al principio, con una palabra.
¿Sigues pensando lo mismo?
Si algo de esto te tocó de cerca: en Chile, *4141, la línea de prevención del suicidio del Ministerio de Salud, todos los días a toda hora. Desde otro país, iasp.findahelpline.com
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